“Cada vez que un Ayuntamiento coloca una estatua en una rotonda, Rodin, Miguel Ángel y Bernini torturan a un gatito”.
sábado, 21 de enero de 2012
¿alguien tenía dudas?
viernes, 20 de enero de 2012
El desprecio político al funcionariado
Contra la bajada salarial y el incremento de jornada en la función pública
El desprecio político al funcionariado
FRANCISCO J. BASTIDA CATEDRÁTICO DE DERECHO CONSTITUCIONAL
Con el funcionariado está sucediendo lo mismo que con la crisis económica. Las víctimas son presentadas como culpables y los auténticos culpables se valen de su poder para desviar responsabilidades, metiéndoles mano al bolsillo y al horario laboral de quienes inútilmente proclaman su inocencia. Aquí, con el agravante de que al ser unas víctimas selectivas, personas que trabajan para la Administración pública, el resto de la sociedad también las pone en el punto de mira, como parte de la deuda que se le ha venido encima y no como una parte más de quienes sufren la crisis. La bajada salarial y el incremento de jornada de los funcionarios se aplaude de manera inmisericorde, con la satisfecha sonrisa de los gobernantes por ver ratificada su decisión.
Detrás de todo ello hay una ignorancia supina del origen del funcionariado. Se envidia de su status -y por eso se critica- la estabilidad que ofrece en el empleo, lo cual en tiempos de paro y de precariedad laboral es comprensible; pero esta permanencia tiene su razón de ser en la garantía de independencia de la Administración respecto de quien gobierne en cada momento; una garantía que es clave en el Estado de derecho. En coherencia, se establece constitucionalmente la igualdad de acceso a la función pública, conforme al mérito y a la capacidad de los concursantes. La expresión de ganar una plaza «en propiedad» responde a la idea de que al funcionario no se le puede «expropiar» o privar de su empleo público, sino en los casos legalmente previstos y nunca por capricho del político de turno. Cierto que no pocos funcionarios consideran esa «propiedad» en términos patrimoniales y no funcionales y se apoyan en ella para un escaso rendimiento laboral, a veces con el beneplácito sindical; pero esto es corregible mediante la inspección, sin tener que alterar aquella garantía del Estado de derecho.
Los que más contribuyen al desprecio de la profesionalidad del funcionariado son los políticos cuando acceden al poder. Están tan acostumbrados a medrar en el partido a base de lealtades y sumisiones personales, que cuando llegan a gobernar no se fían de los funcionarios que se encuentran. Con frecuencia los ven como un obstáculo a sus decisiones, como burócratas que ponen objeciones y controles legales a quienes piensan que no deberían tener límites por ser representantes de la soberanía popular. En caso de conflicto, la lealtad del funcionario a la ley y a su función pública llega a interpretarse por el gobernante como una deslealtad personal hacia él e incluso como una oculta estrategia al servicio de la oposición. Para evitar tal escollo han surgido, cada vez en mayor número, los cargos de confianza al margen de la Administración y de sus tablas salariales; también se ha provocado una hipertrofia de cargos de libre designación entre funcionarios, lo que ha suscitado entre éstos un interés en alinearse políticamente para acceder a puestos relevantes, que luego tendrán como premio una consolidación del complemento salarial de alto cargo. El deseo de crear un funcionariado afín ha conducido a la intromisión directa o indirecta de los gobernantes en procesos de selección de funcionarios, influyendo en la convocatoria de plazas, la definición de sus perfiles y temarios e incluso en la composición de los tribunales. Este modo clientelar de entender la Administración, en sí mismo una corrupción, tiene mucho que ver con la corrupción económico-política conocida y con el fallo en los controles para atajarla.
Estos gobernantes de todos los colores políticos, pero sobre todo los que se tildan de liberales, son los que, tras la perversión causada por ellos mismos en la función pública, arremeten contra la tropa funcionarial, sea personal sanitario, docente o puramente administrativo. Si la crisis es general, no es comprensible que se rebaje el sueldo sólo a los funcionarios y, si lo que se quiere es gravar a los que tienen un empleo, debería ser una medida general para todos los que perciben rentas por el trabajo sean de fuente pública o privada. Con todo, lo más sangrante no es el recorte económico en el salario del funcionario, sino el insulto personal a su dignidad. Pretender que trabaje media hora más al día no resuelve ningún problema básico ni ahorra puestos de trabajo, pero sirve para señalarle como persona poco productiva. Reducir los llamados «moscosos» o días de libre disposición -que nacieron en parte como un complemento salarial en especie ante la pérdida de poder adquisitivo- no alivia en nada a la Administración, ya que jamás se ha contratado a una persona para sustituir a quien disfruta de esos días, pues se reparte el trabajo entre los compañeros. La medida sólo sirve para crispar y desmotivar a un personal que, además de ver cómo se le rebaja su sueldo, tiene que soportar que los gobernantes lo estigmaticen como una carga para salir de la crisis. Pura demagogia para dividir a los paganos. En contraste, los políticos en el poder no renuncian a sus asesores ni a ninguno de sus generosos y múltiples emolumentos y prebendas, que en la mayoría de los casos jamás tendrían ni en la Administración ni en la empresa privada si sólo se valorasen su mérito y capacidad. Y lo grave es que no hay propósito de enmienda. No se engañen, la crisis no ha corregido los malos hábitos; todo lo más, los ha frenado por falta de financiación o, simplemente, ha forzado a practicarlos de manera más discreta.
miércoles, 18 de enero de 2012
¿Una generación perdida?
blogs.publico.es/cartasdeloslectores
Frustración, indignación, decepción… Estos y otros adjetivos describen
a una generación de universitarios, con máster, posgrado,
idiomas, que empezaron a trabajar de mileuristas y ahora darían lo
que fuera por ese sueldo. Esa generación, que se siente engañada
por promesas no cumplidas después de decirnos: “Estudia, fórmate,
prepárate y tendrás un buen puesto de trabajo, un buen futuro...
blablablá”.
¿Qué más formación quieren? Empezamos desde cero una y otra
vez, siempre que se acaba nuestro contrato temporal y firmamos
otro en peores condiciones. Hemos sacrificado años de nuestra juventud
estudiando, luchando por un sueño y ahora sacrificamos
nuestras relaciones personales en busca de un empleo. ¿Qué más
tenemos que sacrificar? ¿Cuándo llegará el tiempo de esperanza a
mi generación, a la generación perdida?
MóniCa HiDaLgo
Público. Comentarios.
Frustración, indignación, decepción… Estos y otros adjetivos describen
a una generación de universitarios, con máster, posgrado,
idiomas, que empezaron a trabajar de mileuristas y ahora darían lo
que fuera por ese sueldo. Esa generación, que se siente engañada
por promesas no cumplidas después de decirnos: “Estudia, fórmate,
prepárate y tendrás un buen puesto de trabajo, un buen futuro...
blablablá”.
¿Qué más formación quieren? Empezamos desde cero una y otra
vez, siempre que se acaba nuestro contrato temporal y firmamos
otro en peores condiciones. Hemos sacrificado años de nuestra juventud
estudiando, luchando por un sueño y ahora sacrificamos
nuestras relaciones personales en busca de un empleo. ¿Qué más
tenemos que sacrificar? ¿Cuándo llegará el tiempo de esperanza a
mi generación, a la generación perdida?
MóniCa HiDaLgo
Público. Comentarios.
lunes, 16 de enero de 2012
causa sin rebeldes

A la bautizada “Generación NI NI” le sucederá sin duda la “Generación NA NA”. Se tratará de seres sin obligación alguna, con todos los derechos adquiridos y a quienes habrá que cantar una nana mientras se les cambia el pañal. Seres inertes, manos ocupadas en un teclado virtual, ojos fijos en una pantalla desde la que gestionarán su supuesta vida. Vivirán en cubículos oscuros, - las pantallas reflejan la luz-, y disfrutarán de innumerables hipotéticas fiestas. ¡Y serán felices! Felices en el sentido de felicidad creado desde que el conformismo se alistó entre nosotros.
La generación de los 80 es la denominada “Generación Y”, y no merece muchas líneas pues son un sí-es no-es indefinible. Habrá de pasar tiempo para conocer el alcance de su presencia, si es que la tuvieron alguna vez.
Antes, los nacidos en la década de los 60, somos la “Generación X”, incógnita que define perfectamente nuestra esencia y niega nuestra existencia. Sobrevivimos por el duro trabajo de nuestros padres y, lloramos mucho para superar sus miedos de posguerra. No estábamos preparados para asimilar sus carencias y tampoco para innovar sin que nos defenestrasen. Sencillamente se nos ignoraba.
Nos codeamos con los mejores, desde Gandhi hasta Ché Guevara, pasando por el propio Jesucristo o Bob Dylan, Los Beatles o la quinta del Buitre. Algunos, además, y por necesidades del guión, conocimos a Hesse, a Moliere e incluso a Hans Küng. Aprendimos a decir no, a costa incluso de perder trabajos, con tal de no tragar el caciquismo imperante, coletazos del antiguo régimen durante la transición. La confianza en nuestras capacidades lo permitía; sabíamos que más pronto que tarde la vida nos guardaba un sitio, el nuestro. Y negábamos, por ello, todo lo que no se acomodase a los valores que habíamos aprendido.
Nos llamaron de todo quienes preferían guardar sus talentos en lugar de luchar, invertirlos en su futuro. “Un día te vas a estrellar...”. Nos decían.
Daba miedo escuchar eso. Pero se nos pasó el día en que un camión realizó un adelantamiento y nos dejó su remolque apenas a un palmo de nuestro parabrisas. Descubrimos de repente que era más fácil estrellarse, sin eufemismos, contra un trailer alemán, a pesar de respetar las señales, que rebelándonos contra lo establecido.
Hoy somos – el verbo ser siempre estuvo peleado con el “tener”- lo que quisimos ser. Disfrutamos de lo que siempre quisimos hacer. Conocemos el significado de la palabra trabajo, y justicia, y solidaridad. Y los profetas apocalípticos, a estas alturas, todavía se atreven a darnos consejos: “Te vas a estrellar...”. Porque seguimos recomponiendo el mundo aunque nos llamen ilusos, porque, como decía Badem Powell, queremos dejar el mundo un poco mejor de como lo encontramos, queremos pasar por la vida y no que la vida pase por nosotros.
Nuestros alumnos absorben algo de esta quintaesencia que les transmitimos. Lo menos, pues el influjo mediático y la impunidad les protegen. En medio de una crisis galopante, con un futuro más que incierto, echo de menos esa rebeldía de la que aún guardamos rescoldos y que ni siquiera ha prendido en esta nueva generación apática, abúlica y triste. Por eso, cuando un alumno, casi nunca, viene a reclamarme algo, a protestar por algo, me reconozco en él y confío en que no corre horchata por sus venas. Incluso, si son sus padres quienes se rebelan, casi nunca, me queda la esperanza de que algo podrán inculcarle de ese espíritu inconformista y resignado.
Algún día, algún día nos estrellaremos por intentar imitar a nuestros referentes; algún día, algún atrevido alumno se estrellará por intentar imitarnos. Eso sí, antes tiene muchas oportunidades de hacerlo, sin eufemismos, contra un camión alemán cuyo conductor olvide mirar por el retrovisor.
domingo, 15 de enero de 2012
la deshumanización de la educación
En una escuela que más parecía una casona, D. Julián se las apañaba para enseñarnos los ríos y las regiones, los aeropuertos y la tabla de multiplicar. Él era el director de la escuela, el jefe de estudios, el secretario...Eso sí, por tanto empleo solamente cobraba un exiguo sueldo.
Bien es cierto, que sus métodos vistos desde la perspectiva que nos dan los tiempos y las nuevas pedagogías, no eran muy ortodoxos. Ahora bien, si queremos alimentar la polémica, bastará con recordar al lector que, mal que lo hiciera el viejo maestro, a fecha de hoy en una población de poco más de cien habitantes se cuentan, la mayoría en otros rincones, más de veinte maestros, además de empresarios, algún ingeniero...
Legislar sobre educación desde un despacho, además de ser tarea difícil, se nos antoja complejo e irreal. Así, contamos las Leyes de Educación por legislaturas, lo que sin duda obedece a intereses lejanos al ámbito educativo. La comunidad escolar se encuentra al albur del partido que gobierne. Cuando más necesario es un consenso en materia educativa, más lejos se vislumbra una ínfima posibilidad de alcanzarlo. Caballo de batalla en campaña electoral, después no da votos, la educación pertenece al reino del olvido el mismo día de celebrarse los comicios. Hay que esperar hasta cuatro años más para que la sociedad, e incluso los políticos que nos representan, tengan a bien dedicar, aún por interés partidista, unos renglones de sus mítines a la educación. El resto ya lo sabemos.
Las Comunidades Autónomas, con las competencias educativas transferidas, buscan recovecos para, a su manera, interpretar aquella Ley que se aprobó. Poco importa la singularidad de cada región, de cada provincia, para elaborar el calendario escolar, por ejemplo. Poco importa el desarrollo económico, social, para orientar el currículo a las necesidades, a la demanda. En definitiva, el mapa educativo se resume en dos colores que, ya no nos asombra, se corresponden con los de los dos partidos políticos que alternan en el poder.
Poco recorrido para los Centros, Sindicatos e incluso la propia Administración. La repetición de fórmulas, a veces descabelladas, se sucede por décadas sin que nadie ponga remedio. Y es que, esa inmovilidad la hemos asumido como algo normal; forma parte del paisaje y no hay modo de cambiarla.
No parece rece que el intento de S.M. el Rey en uno de sus mensajes navideños, incidiendo en "la necesidad de elevar la educación y preparación de nuestros jóvenes, cuyo compromiso con la sociedad es un activo insustituible.", sea estímulo para quienes no es que vivan fuera de la realidad sino que, sencillamente, viven otra realidad.
Esta democracia de listas cerradas permite la permanencia de muchas personas en cargos que bien merecen aire fresco. Eso sí, de no haber un cambio sustancial en todo el organigrama, más allá de la política, y una reforma del propio sistema educativo, casi es preferible que no se altere el modelo que todos hemos llegado a aceptar; más por resignación que por convencimiento.
Al parecer, nuevas Leyes tampoco solucionan viejos problemas. Y tampoco, quizá se pierda en el camino, consiguen plasmarse de forma eficiente en el día a día en lo que respecta a Innovación y Tecnología. La era de la comunicación está devorando viejas pedagogías, obsoletos métodos y anticuados recursos. La escuela no consigue avanzar a un ritmo demasiado ligero; la formación del profesorado no es suficiente para llegar a los nuevos mundos que se descubren cada día. Lo que ayer era última moda, hoy es pasado. Pero, si es complicado estar al día en los nuevos avances, más lo es aún compaginarlo con una educación personalizada y centrada en los valores humanos.
Es revelador el caso de una niña que, además de padecer leucemia, tiene que soportar la indiferencia de la sociedad. Cuando el artículo 27 de la Constitución nos garantiza a todos una "enseñanza obligatoria y gratuita", ella solamente recibe cuatro horas semanales de clase para avanzar en su 1º de Educación Secundaria. Algo falla.
Porque, a D. Julián se le pueden censurar sus métodos. Incluso esa fila encabezada por "el más listo de la clase" que hacía cada día. Pero jamás olvidaba en un rincón a un alumno enfermo.
Paseamos por las ciudades sorteando mendigos como si nada. Recibimos las cifras de la malaria como si nada. Y, como si nada, abandonamos a los alumnos que más nos necesitan. Eso sí, amparados por la Ley, que nos permite tranquilizar la conciencia ante semejante injusticia.
Porque esta niña sí que quiere hacer, quiere seguir estudiando, quiere seguir aprendiendo, quiere seguir viviendo desde sus 12 años este mundo, por inhumano que sea. Y, a buen seguro, que será su generación la que de una santa vez nos despierte de este letargo, donde solo importa el poder y consumir hasta el ahogo. Habrá que dar un aldabonazo en las mentes de los responsables de estos desaguisados para que salgan de sus despachos y miren cara a cara a la realidad, a la otra realidad, la que tan lejana les aparece. Aunque les duela. O no.
miércoles, 11 de enero de 2012
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