Hola, soy José Luis. Otra vez empieza el curso y escribo para que lo sepan. Ya estoy en tercero, o sea en primero de segundo de Primaria. Hace dos años, cuando escribí la primera carta, estaba con los mayores de los pequeños, el año pasado estaba con los pequeños de los mayores. Y ahora, no sé.
Creo que voy a cambiar de profesores, o maestros, o maestras, porque he cambiado de ciclo; pero no sé, creo que también es porque muchos se han ido a otro colegio. A lo mejor es que no les gustaba este, pero creo que nadie les ha preguntado. No sé. Creo que les dan puntos, y cuando tienen muchos se van. Mi prima tiene un móvil que también le dan puntos. Y mi padre dice que se los quitan si conduce mal. No sé.
El año pasado pintaron las paredes del patio. Está bonito el colegio, por fuera.
El año pasado hicimos cosas sobre Colón. Una fue un mural sobre el mar, con papeles de color azul. También hicimos un barco grande con cartones que nos dejó el frutero. Bueno, también nos dejó algunos el de la farmacia. Yo creo que así es mejor hacer cosas, cuando participa más gente.
Me han cambiado la mochila. Ahora voy menos encorvado porque es de las de ruedas. Mi padre dice que hay mucha gente que va encorvada. Me acuerdo de lo que decía hace dos años de los hombres primitivos. Lo único que, cuando bajamos las escaleras, todos a la vez, al salir del cole, es como si hubiera una tormenta, o una metralleta. Dura un buen rato. Lo digo porque a lo mejor hay alguien estudiando. Como es un colegio, por eso lo digo. María, la maestra de música dice que los romanos hacían los teatros con una forma para que no hubiera ruidos. Y se oía muy bien la obra de teatro. Y dice que eso hace dos mil años. Yo creo que es mentira, porque ahora los colegios no se hacen así. Bueno, a lo mejor es verdad.
Hay maestros y maestras que salen muy deprisa del cole. Yo creo que no hay peligro de que se caiga, porque tiene menos años que los teatros romanos. Es que un día lo dijo Tamara, y por eso.
Tamara tomó la comunión el año pasado. Este me toca a mí. Es una suerte, creo. Primero porque te dan muchos regalos y segundo porque te ponen un traje de mayor. Bueno, también porque faltamos mucho a clase. El año pasado, Tamara iba cada domingo a casa de un compañero a celebrarlo, y el lunes por la mañana la dejaban más tiempo en la cama. También muchos días iba el cura al cole. La clase de Tamara estaba muy adornada con los recuerdos de las comuniones: recordatorios, figuritas y muchos regalos. Lo único malo de tomar la comunión es que te dicen: " Si no te portas bien...". A mí me da igual, si no fuera por los regalos, claro.
Ahora somos más en clase, porque ha venido Susan, que es inglesa, y Ahmed, que es marroquí. Lo malo es que ninguno de los dos sabe español, y creo que los maestros tampoco saben la lengua de Ahmed. Bueno, no sé. A lo mejor sí. Pues como no tomen la comunión se van a aburrir mucho.
Han dicho en la tele que una niña estuvo encerrada ocho años, y cuando salió que sabía mucho. Y solo estuvo viendo la tele. A lo mejor por eso en casa nos ponen tanto tiempo delante de la tele y en el cole delante del ordenador. Si se aprende mucho, pues mejor.
También han dicho en la tele que unos señores que se llaman científicos han dicho que ya no hay nueve planetas, que hay ocho. Yo no sé si vale para algo lo que aprendemos si luego lo cambian. Yo creo que da igual, porque los planetas están muy lejos. Más que el colegio, creo. Por eso a mi siempre me llevan en coche, aunque siempre tardamos más en salir del garaje que en llegar.
Y gracias por publicarme mis cartas. Como me han dicho que tengo que ser bueno, por eso lo digo.
“Cada vez que un Ayuntamiento coloca una estatua en una rotonda, Rodin, Miguel Ángel y Bernini torturan a un gatito”.
domingo, 11 de noviembre de 2007
La escuela "a punto"
viernes, 2 de noviembre de 2007
me dejo navegar
Me dejo navegar en tu presencia,
inundándome de ti. De tus pupilas
hoy brotan las mañanas, mis deseos,
el beso enmascarado que nos une
y el hálito postrero que regalas.
Acaricio una a una tus palabras,
desgranando su hilo de ternura
la misma sequedad, las mismas cosas,
intentando el desencanto de la gracia
y el hechizo original que me abandona.
Desmadejo tus párpados, los hurto
cada haz de luz, cada recodo,
escruto así las celosías
que guardan el zarco despertar
nacido del fondo de la vida.
Aventuro los tímidos trasvases
de sombras y luces y quimeras,
y me dejo agasajar con tu mirada
afable, benévola, devota,
hostil, combatiente y retadora.
cada haz de luz, cada recodo,
escruto así las celosías
que guardan el zarco despertar
nacido del fondo de la vida.
Aventuro los tímidos trasvases
de sombras y luces y quimeras,
y me dejo agasajar con tu mirada
afable, benévola, devota,
hostil, combatiente y retadora.
domingo, 28 de octubre de 2007
La inutilidad del arte
La inconsistencia de la obra artística como valor de hecho se hace patente desde el instante en que despega de las manos del creador, quien se aproxima a su engendro con recelo y a sabiendas de que no será más que pura materia para la contemplación. El sentido que pueda tener su obra, viene dado únicamente por el observador y determinado por su buen o mal juicio. Es, pues, aventurado, adentrarse en el enigmático mundo de la valía de la obra artística per se.
Del inmenso piélago de creaciones, venimos a descubrir aquellas que más se acercan a nuestra visión de la vida y del universo, de las cosas, al paradigma de conocimiento que nos ha sido revelado desde nuestra llegada al mundo.
Cuando Paul Auster, el espigado autor americano, ahonda en la nulidad del arte desde el punto de vista práctico, asume que esa nulidad, o mejor inutilidad, es lo que le da el valor que se le atribuye. Al igual que Ionesco, quien afirmaba que “el teatro es inútil, pero su inutilidad es indispensable”. En su no ser, el arte llega a ser. Porque más que un mero producto elaborado, existe una evolución, proceso creativo, que es quien otorga al arte su sentido. Este proceso alcanza más allá de la profesión de artista, valga el contrasentido; sin embargo, las otras empresas que ocupan al ser humano no precisan orientar la atención a ese hacer, por cuanto hallamos significado tanto en el desarrollo del producto como en su posterior explotación.
El arte, inútil en su aspecto práctico, cobra todo el interés en ese proceso en que el creador se enfrenta consigo mismo en una espiral de imposibles, aceptando el insomnio y la locura para entretener su mente en una busca sin retorno. Al límite de las emociones, va abriendo brechas en el oscuro túnel de lo incierto, como el náufrago o el preso que no cesan en explorar el lugar recóndito por donde escapar de su yugo. Espejos cóncavos lo atrapan y entretienen mientras navega por sus desvelos con el único propósito de encontrar una rendija donde alcanzar un nuevo posible, en términos del italiano Héctor Fiorini.
Auster profundiza en esta idea observando que, precisamente, el acto creativo es lo que nos identifica como seres humanos. Es la esencia del ser. La creatividad, en su aspecto más lúdico y placentero, ahuyenta todos los males que aquejan a la especie humana, y que emergen con más fiereza aprovechando los destierros que nos concede esta era de las comunicaciones. Porque más allá de la individualidad, el grupo también enferma, del mismo modo, por ausencia de ideas, de creaciones. Permanece en un inmovilismo no solamente asumido, sino venerado hasta el punto de no admitir innovación alguna. Persiste, resiste, en una rutina admitida y custodiada con especial cuidado, permitiendo la parálisis en formas propias de épocas pasadas, despreciando cuantos recursos se le regalan, por miedo unas veces y para asegurar su pretendida supervivencia otras. De este modo, se contribuye a esa inmanencia en formas ancestrales. Se rechaza cualquier propuesta innovadora por considerarla peligrosa, cuando el verdadero peligro está en el propio grupo incapaz de asumir sus carencias y expandirse mediante la obra creativa, la iniciativa.
El arte, como proceso, adquiere uno de sus valores más preciados: se convierte en terapia. La creatividad nos da la posibilidad de sentirnos únicos desde la unicidad de nuestra obra; su negación nos mantiene sumisos a cuanto acontece; o lo que es lo mismo, enfermos. En su sentido catártico la obra de arte nos suscita un sentimiento de purificación y liberación.
Insiste el escritor americano en que esta necesidad de hacer, de crear, es un impulso humano fundamental. A decir verdad, así es y así nos lo muestra la pléyade de inventos que cada día nos inunda. Pero si observamos a las personas en su inmovilismo social, al grupo en su rigidez atávica, nos surgen importantes dudas. Entonces, decía Gandhi, “Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena”.
Del inmenso piélago de creaciones, venimos a descubrir aquellas que más se acercan a nuestra visión de la vida y del universo, de las cosas, al paradigma de conocimiento que nos ha sido revelado desde nuestra llegada al mundo.
Cuando Paul Auster, el espigado autor americano, ahonda en la nulidad del arte desde el punto de vista práctico, asume que esa nulidad, o mejor inutilidad, es lo que le da el valor que se le atribuye. Al igual que Ionesco, quien afirmaba que “el teatro es inútil, pero su inutilidad es indispensable”. En su no ser, el arte llega a ser. Porque más que un mero producto elaborado, existe una evolución, proceso creativo, que es quien otorga al arte su sentido. Este proceso alcanza más allá de la profesión de artista, valga el contrasentido; sin embargo, las otras empresas que ocupan al ser humano no precisan orientar la atención a ese hacer, por cuanto hallamos significado tanto en el desarrollo del producto como en su posterior explotación.
El arte, inútil en su aspecto práctico, cobra todo el interés en ese proceso en que el creador se enfrenta consigo mismo en una espiral de imposibles, aceptando el insomnio y la locura para entretener su mente en una busca sin retorno. Al límite de las emociones, va abriendo brechas en el oscuro túnel de lo incierto, como el náufrago o el preso que no cesan en explorar el lugar recóndito por donde escapar de su yugo. Espejos cóncavos lo atrapan y entretienen mientras navega por sus desvelos con el único propósito de encontrar una rendija donde alcanzar un nuevo posible, en términos del italiano Héctor Fiorini.
Auster profundiza en esta idea observando que, precisamente, el acto creativo es lo que nos identifica como seres humanos. Es la esencia del ser. La creatividad, en su aspecto más lúdico y placentero, ahuyenta todos los males que aquejan a la especie humana, y que emergen con más fiereza aprovechando los destierros que nos concede esta era de las comunicaciones. Porque más allá de la individualidad, el grupo también enferma, del mismo modo, por ausencia de ideas, de creaciones. Permanece en un inmovilismo no solamente asumido, sino venerado hasta el punto de no admitir innovación alguna. Persiste, resiste, en una rutina admitida y custodiada con especial cuidado, permitiendo la parálisis en formas propias de épocas pasadas, despreciando cuantos recursos se le regalan, por miedo unas veces y para asegurar su pretendida supervivencia otras. De este modo, se contribuye a esa inmanencia en formas ancestrales. Se rechaza cualquier propuesta innovadora por considerarla peligrosa, cuando el verdadero peligro está en el propio grupo incapaz de asumir sus carencias y expandirse mediante la obra creativa, la iniciativa.
El arte, como proceso, adquiere uno de sus valores más preciados: se convierte en terapia. La creatividad nos da la posibilidad de sentirnos únicos desde la unicidad de nuestra obra; su negación nos mantiene sumisos a cuanto acontece; o lo que es lo mismo, enfermos. En su sentido catártico la obra de arte nos suscita un sentimiento de purificación y liberación.
Insiste el escritor americano en que esta necesidad de hacer, de crear, es un impulso humano fundamental. A decir verdad, así es y así nos lo muestra la pléyade de inventos que cada día nos inunda. Pero si observamos a las personas en su inmovilismo social, al grupo en su rigidez atávica, nos surgen importantes dudas. Entonces, decía Gandhi, “Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena”.
sábado, 27 de octubre de 2007
sábado, 20 de octubre de 2007
Lutero
Ejercicio de religión, 2º de la ESO:
¿Por qué fue excomulgado Lutero?
Lutero fue excomulgado por no querer hacerse una fotografía.
Cuando el profesor de religión lo vió, se lo comentó al tutor. Este no daba crédito. Un alumno destacado, ¿Cómo podía haber contestado semejante tontería?, ¿Estaba tomando el pelo a su profesor? Habría que aclararlo.
El profesor iba entregando uno a uno los ejercicios: Ana, José María, Alex, Marta..., y este que me ha dejado muy sorprendido.
- ¡Es el mío!, dice Sergio.
- Sí, sí...es el tuyo, y no comprendo cómo has podido escribir semejante barbaridad: "Lutero fue excomulgado por no querer hacerse una fotografía" (se oyen algunas risas).
- Es así,- insiste Sergio.
-¿Pero cómo va a ser así? Esto es una soberana tontería.
-Pues es verdad.
-Mira, Sergio - explica el profe-, ni siquiera podría ser cierto por pura lógica: Lutero es del siglo XVI y la fotografía del XIX. Pero... vamos, que la respuesta...
- Pues es verdad,-le interrumpe el alumno muy seguro de lo que dicee.
- Muy bien, ¿Cuál es tu argmento?
- Pues que lo pone el libro.
-¿Pero cómo va a poner eso el libro?¡Es increible!, dice enfadado el profesor.
- ¡Que sí, que lo dice el libro!
- Bien, a ver, ¿Dónde dice el libro esa sandez?
- Aquí, en la página 84.
Todos los alumnos abren el libro por esa página, el profesor también. Y...efectivamente, dice:
"Lutero fue excomulgado por no querer ´retractarse´".
¿Por qué fue excomulgado Lutero?
Lutero fue excomulgado por no querer hacerse una fotografía.
Cuando el profesor de religión lo vió, se lo comentó al tutor. Este no daba crédito. Un alumno destacado, ¿Cómo podía haber contestado semejante tontería?, ¿Estaba tomando el pelo a su profesor? Habría que aclararlo.
El profesor iba entregando uno a uno los ejercicios: Ana, José María, Alex, Marta..., y este que me ha dejado muy sorprendido.
- ¡Es el mío!, dice Sergio.
- Sí, sí...es el tuyo, y no comprendo cómo has podido escribir semejante barbaridad: "Lutero fue excomulgado por no querer hacerse una fotografía" (se oyen algunas risas).
- Es así,- insiste Sergio.
-¿Pero cómo va a ser así? Esto es una soberana tontería.
-Pues es verdad.
-Mira, Sergio - explica el profe-, ni siquiera podría ser cierto por pura lógica: Lutero es del siglo XVI y la fotografía del XIX. Pero... vamos, que la respuesta...
- Pues es verdad,-le interrumpe el alumno muy seguro de lo que dicee.
- Muy bien, ¿Cuál es tu argmento?
- Pues que lo pone el libro.
-¿Pero cómo va a poner eso el libro?¡Es increible!, dice enfadado el profesor.
- ¡Que sí, que lo dice el libro!
- Bien, a ver, ¿Dónde dice el libro esa sandez?
- Aquí, en la página 84.
Todos los alumnos abren el libro por esa página, el profesor también. Y...efectivamente, dice:
"Lutero fue excomulgado por no querer ´retractarse´".
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