sábado, 26 de junio de 2010

reflexiones de un ateo

Cada vez que alguien se declara cristiano o demócrata, más desconfío de la política o la religión.





Yolanda dijo...
Totalmente de acuerdo. Los que vivimos épocas pasadas en las que la Iglesia era aún más poderosa que ahora y nos metían a presión el catecismo y toda su parafernalia, cuando todo estaba supervisado por ella, cuando no había forma de escapar de sus largas garras, huimos de todo cuanto huele a sacristía y clericalismo hipócrita porque sabemos de lo que son capaces. Sería muy largo contar todo lo que nos hicieron pasar.
Y de la política, qué decir... Qué desencanto, qué frustración, qué cabreo continuo viendo en qué manos estamos... Qué bajísima calidad humana, qué oratoria tan lamentable, qué falta de argumentos, cuánta mala baba... ¿Qué podemos hacer? Sólo nos dejan votar a los que ellos quieren, pero arrinconan a los válidos por ser críticos. No veo salida posible, no queda mucha esperanza.
Un saludo.
26 de junio de 2010 22:43

la razón de los muertos

Hablar de autoridad, orden o disciplina en el colegio es poco menos que arriesgarse a que te llamen carca. Poco más y tenemos que pedir perdón cada vez que tomamos la palabra para decir a los compañeros que queremos dar clase en paz, sin ruiditos, sin gritos en los pasillos; que es conveniente mantener orden y silencio en las entradas y salidas...  Vamos, lo normal para alguien normal.
Pero no, vivimos en un mundo anormal donde el que más grita es el que más sabe, modelo copiado de los programas de mayor audiencia en TV, ¡que manda narices! Mantener una reunión respetando el turno de palabra, escuchar al compañero que nos cuenta algo, dar una clase sin interrupciones, pertenece a un pasado denostado por los nuevos listos, que son capaces de contarte la vida de un famosillo con pelos y señales.
Vamos por la vida despreciando las señales de alarma, vagamos haciendo caso omiso a normas elementales, vivimos en burbujas cojoneras donde solo oímos nuestra voz y somos capaces de vender nuestra alma al diablo porque todo el mundo sepa que estamos ahí.
Claro que, en una de estas, mientras obviamos al mundo resoplando nuestra vuvuzela de ombligo, viene el tren y nos arrolla con todo nuestro equipaje verborreico. Entonces, la culpa es del maquinista, o de las vías, o de la madre del árbitro. Porque, oiga, los muertos siempre tienen razón.